En los últimos años, la salud mental del profesorado se ha convertido en una preocupación creciente dentro del ámbito educativo. El aumento de la carga emocional, las exigencias burocráticas y la falta de reconocimiento profesional han intensificado el malestar docente, generando elevados niveles de estrés y burnout. Este artículo parte de la hipótesis de que no puede existir una educación de calidad sin docentes emocionalmente equilibrados y analiza el bienestar profesional como un componente estructural del sistema educativo. A partir de la revisión de estudios recientes, se examinan las dimensiones emocional, social, profesional y física del bienestar docente, así como estrategias individuales e institucionales para promoverlo. Se propone así una reflexión pedagógica que impulse una cultura del cuidado en los centros educativos, entendiendo que cuidar al profesorado es invertir en la sostenibilidad del aprendizaje y del sistema educativo.


Palabras clave:
Bienestar docente · salud mental · burnout · inteligencia emocional


In recent years, teachers' mental health has become a growing concern within the education sector. Increased emotional strain, bureaucratic demands and a lack of professional recognition have intensified teachers' discomfort, leading to high levels of stress and burnout. This article is based on the hypothesis that quality education cannot exist without emotionally balanced teachers and analyses professional well-being as a structural component of the education system. Based on a review of recent studies, it examines the emotional, social, professional and physical dimensions of teacher well-being, as well as individual and institutional strategies to promote it. It thus proposes a pedagogical reflection that promotes a culture of care in educational centres, understanding that caring for teachers is an investment in the sustainability of learning and the education system.


Keywords:
T
eacher wellbeing · mental health · burnout · emotional intelligence


1. Introducción

El bienestar del profesorado constituye hoy uno de los pilares más frágiles —y al mismo tiempo más determinantes— de la calidad educativa. En los últimos años, los informes de ANPE (2023, 2025) y Arques (2024) han alertado de un aumento alarmante de los niveles de estrés, ansiedad y depresión en el colectivo docente. Según el Defensor del Profesor (Infocop, 2024), el 74 % de los docentes que solicitaron ayuda lo hicieron por motivos psicológicos y un 16 % terminó en baja laboral por ansiedad o depresión. Estas cifras confirman lo que diversos estudios internacionales venían señalando: la docencia se encuentra entre las profesiones con mayor riesgo psicosocial (Otero López et al., 2010; Kariou et al., 2021).

El término burnout o “síndrome del profesor quemado” describe un estado de agotamiento físico, mental y emocional derivado de la exposición prolongada al estrés laboral (Yılmaz et al., 2015). Sus manifestaciones incluyen desmotivación, irritabilidad, pérdida de eficacia y desconexión emocional con el alumnado, lo que repercute directamente en la calidad del aprendizaje y en el clima de aula. Agyapong et al. (2023) advierten que este desgaste no solo afecta al docente, sino al conjunto del sistema educativo: incrementa el absentismo, reduce el compromiso pedagógico y deteriora la cohesión institucional.

El contexto actual, caracterizado por la sobrecarga administrativa, la inestabilidad normativa y las nuevas exigencias tecnológicas, ha intensificado esta problemática (Álvarez Sánchez et al., 2025). Tras la pandemia, el profesorado se ha enfrentado a un escenario emocional complejo: adaptación digital, incremento de la carga mental y una sensación creciente de falta de apoyo institucional. En este marco, el bienestar docente no puede entenderse como un lujo personal, sino como un derecho laboral y una responsabilidad colectiva. Cuidar la salud mental del profesorado es, en última instancia, cuidar la salud del sistema educativo.

2. Marco conceptual: salud mental, bienestar y burnout docente

La Organización Mundial de la Salud (OMS, 2025) define la salud mental como un “estado de bienestar que permite a las personas hacer frente a los momentos de estrés de la vida, desarrollar sus capacidades y contribuir a su comunidad”. En el ámbito laboral, la Organización Internacional del Trabajo (Pintado Nunes, et al., 2023) amplía esta noción al incluir la prevención de riesgos psicosociales y la promoción de entornos laborales saludables. Aplicado a la educación, el bienestar docente implica que el profesorado disponga de las condiciones materiales, emocionales y sociales necesarias para ejercer su tarea de forma equilibrada y significativa.

Desde la perspectiva pedagógica, el bienestar docente es un constructo multidimensional que abarca la satisfacción profesional, la estabilidad emocional, la autoeficacia y la capacidad de establecer relaciones positivas en el entorno escolar (Hernando López, 2024). En palabras de Hué García (2012), se trata de un “estado de equilibrio interno basado en el desarrollo de competencias emocionales: autoconocimiento, autoestima, control emocional, empatía y liderazgo”. Estas competencias permiten transformar las emociones negativas —frustración, estrés, desánimo— en actitudes constructivas y resilientes, generando a su vez un clima de aula más saludable.

El burnout docente representa la cara opuesta de este equilibrio. STECyL-i (2025) lo define como un proceso de agotamiento progresivo en el que el profesional pierde la motivación, la empatía y el sentido de eficacia. Kariou et al. (2021) y Yılmaz et al. (2015) han demostrado que el trabajo emocional inherente a la enseñanza —la necesidad constante de mostrar serenidad, empatía o entusiasmo— se asocia directamente con niveles de agotamiento cuando no se gestiona adecuadamente. La diferencia entre actuación superficial (fingir emociones) y actuación profunda (alinearlas con la práctica pedagógica) resulta clave: la primera conduce al desgaste; la segunda, a la autenticidad profesional.

El bienestar docente, por tanto, se construye en tres planos interdependientes:

  1. Personal, vinculado con la autorregulación emocional y el equilibrio vital.
  2. Interpersonal, basado en el apoyo entre compañeros, la colaboración y el reconocimiento.
  3. Institucional, determinado por las condiciones laborales, la autonomía y el liderazgo pedagógico.

Como sintetiza Otero López et al. (2010), “la satisfacción laboral docente no depende solo de la resiliencia individual, sino del entorno social e institucional en el que se ejerce”. En consecuencia, cualquier estrategia de prevención del estrés y del burnout debe abordar simultáneamente estos tres niveles: fortalecer las competencias emocionales del profesorado, promover culturas escolares cooperativas y garantizar políticas educativas que reconozcan la salud mental como un componente esencial del derecho a la educación.

3. Factores de riesgo y causas del malestar profesional

El trabajo docente se desarrolla en un contexto de elevada complejidad emocional, cognitiva y social. Cuando las demandas del sistema educativo superan los recursos personales o institucionales disponibles, emerge el estrés laboral, que constituye el principal antecedente del burnout (Otero López et al., 2010). Las causas son múltiples y entrelazadas, pero los estudios recientes permiten identificar algunos factores de riesgo recurrentes.

3.1. Sobrecarga y burocratización del trabajo docente

La sobrecarga laboral es una de las fuentes más extendidas de malestar. Según el informe de la Fundación MAPFRE (2025), el 78 % del profesorado percibe un aumento sustancial de las tareas administrativas en los últimos años, y el 61 % afirma que dichas tareas interfieren en su práctica educativa. Esta presión se traduce en largas jornadas de corrección, coordinación y gestión documental, que dejan escaso margen para la innovación didáctica o el descanso personal.

La intensificación del trabajo —preparación de clases, atención a la diversidad, tutorías, coordinación con familias y participación en proyectos institucionales— configura un entorno de alta exigencia emocional. El modelo Demanda-Control-Apoyo de Karasek (ANPE, 2025) explica que la combinación de grandes demandas laborales con bajo nivel de autonomía y escaso apoyo social es el escenario más proclive al agotamiento.

3.2. Inestabilidad normativa y precariedad laboral

El profesorado ha tenido que afrontar en los últimos años continuos cambios legislativos y reformas curriculares que demandan una constante readaptación. Cada modificación normativa implica reajustes en la programación, en la evaluación y en la gestión administrativa, lo que genera sensación de incertidumbre y falta de control.

A ello se suma la precariedad laboral, especialmente en los primeros años de ejercicio. La Fundación MAPFRE (2025) advierte que los docentes interinos o desplazados presentan mayores índices de ansiedad y desmotivación, debido a la temporalidad de sus contratos y a la dificultad para integrarse en comunidades educativas estables. Esta situación afecta a la percepción de autonomía y seguridad profesional, condiciones esenciales para el bienestar (Pintado Nunes, et al., 2023).

3.3. Falta de apoyo institucional y reconocimiento social
El apoyo social percibido actúa como uno de los principales factores protectores frente al estrés. Sin embargo, gran parte del profesorado declara sentirse poco respaldado por la administración o por sus equipos directivos. El informe de STECyL-i (2025) recoge que un 70 % de los docentes considera que su trabajo “no está socialmente valorado” y un 62 % afirma no recibir reconocimiento interno en su centro.

Esta falta de apoyo deteriora la autoestima profesional y genera sentimientos de soledad institucional. Como señala Hernando López (2024), el docente desprovisto de un entorno de acompañamiento emocional tiende a experimentar mayor desmotivación y despersonalización. A nivel social, el Global Teacher Status Index (The Varkey Foundation, 2018) ya situó a España entre los países donde la figura del profesorado goza de menor prestigio, un factor que incide directamente en la pérdida de propósito y compromiso.

3.4. Conflictos interpersonales y violencia escolar

Los conflictos con alumnado o familias constituyen una de las causas más desestabilizadoras del malestar docente. El informe del Defensor del Profesor (Infocop, 2024) señala que las faltas de respeto (22%), las acusaciones infundadas (20%) y las amenazas (14%) son incidentes frecuentes.

Además, el auge de las redes sociales ha introducido nuevas formas de exposición y vulnerabilidad. Según Infocop (2024), el 40 % del profesorado español ha sufrido algún tipo de acoso o difamación en entornos digitales. Esta sobreexposición conlleva consecuencias psicológicas graves: ansiedad, estrés postraumático y desmotivación profesional.

3.5. Digitalización y sobreexposición tecnológica

El desarrollo de plataformas virtuales ha incrementado la conectividad y la accesibilidad, pero también ha difuminado los límites entre trabajo y vida personal. La Fundación MAPFRE (2025) revela que el 68 % de los docentes revisa correos o mensajes laborales fuera del horario escolar y más de la mitad siente que la digitalización ha incrementado su nivel de estrés. La fatiga digital, unida a la presión por mantener presencia constante en entornos virtuales, genera agotamiento cognitivo y disminuye la calidad del descanso.

Asimismo, la comparación continua con otros docentes en redes o comunidades profesionales alimenta una cultura del rendimiento y del perfeccionismo, vinculada a mayores niveles de desgaste emocional (Yilmaz et al., 2015).

3.6. Perspectiva de género y desigualdades

La dimensión de género añade matices significativos al análisis del bienestar docente. Caamaño-Vega et al. (2025) evidencian que las profesoras reportan mayor carga emocional y sensación de desbordamiento, derivadas de la doble jornada laboral y del peso de los roles de cuidado. En cambio, los hombres manifiestan con mayor frecuencia sentimientos de despersonalización y desconexión afectiva. Estas diferencias refuerzan la necesidad de diseñar políticas de bienestar con enfoque de equidad y corresponsabilidad.

En conjunto, la evidencia científica coincide en que el malestar docente es un fenómeno multicausal y estructural. No se explica únicamente por la falta de resiliencia individual, sino por las condiciones organizativas, culturales y políticas del sistema educativo. Como sintetiza Otero López et al. (2010), “el bienestar del profesorado requiere contextos de trabajo justos, cooperativos y emocionalmente sostenibles”.

4. Consecuencias del malestar docente

El impacto del malestar no se limita al ámbito personal del profesorado: afecta de forma directa a la calidad del aprendizaje, al clima institucional y a la sostenibilidad del sistema educativo. Los informes de ANPE (2023, 2025) muestran un incremento sostenido de las bajas laborales por causas psicológicas, lo que implica una pérdida de continuidad pedagógica y de cohesión en los equipos docentes. Pero, más allá del dato estadístico, el agotamiento emocional repercute en la esencia misma del acto educativo.

4.1. Repercusiones pedagógicas y emocionales
El docente emocionalmente exhausto tiende a experimentar pérdida de motivación, menor creatividad didáctica y dificultad para conectar con su alumnado. Hernando López (2024) observa que el profesorado con bajo bienestar reporta niveles elevados de despersonalización y menor percepción de autoeficacia. Esto se traduce en clases más rutinarias, menor adaptación a la diversidad y menor implicación emocional.

En términos de aprendizaje, el burnout repercute en la motivación y el rendimiento del alumnado, generando un “efecto espejo emocional”: las emociones del profesorado se transmiten al grupo-clase. Cuando predomina la serenidad y la empatía, se favorece la cooperación y el compromiso; cuando domina la fatiga o la irritabilidad, se reproduce la tensión colectiva (Hué García, 2012).

4.2. Clima institucional y convivencia
El malestar docente también tiene efectos contagiosos dentro de la comunidad educativa. Los centros con altos niveles de estrés organizativo suelen presentar mayor conflictividad interna, rotación de personal y deterioro de la convivencia (STECyL-i, 2025). Este fenómeno configura lo que algunos autores denominan “estrés institucional”, un estado colectivo de desánimo que erosiona la cooperación y la innovación.

Caamaño-Vega et al. (2025) subrayan que la autonomía profesional y el apoyo social son antídotos efectivos frente a este clima adverso. Los centros donde el profesorado participa en la toma de decisiones comparten buenas prácticas y se siente escuchado presentan índices notablemente menores de desgaste.

4.3. Impacto en el alumnado

Diversas investigaciones (Álvarez Sánchez et al., 2025) evidencian que existe una correlación positiva entre el bienestar docente y la satisfacción escolar del alumnado. Un profesorado emocionalmente equilibrado genera entornos más empáticos, inclusivos y seguros, favoreciendo el aprendizaje significativo y la autoestima estudiantil.

Por el contrario, el agotamiento docente reduce la capacidad para detectar y atender las necesidades socioemocionales del alumnado, incrementando el riesgo de exclusión y desigualdad. Como resume Hué García (2012), “no se puede enseñar equilibrio si no se vive desde el propio equilibrio”.

4.4. Costes sociales e institucionales

El burnout docente conlleva también consecuencias económicas y estructurales: aumento del absentismo, rotación del personal, pérdida de experiencia y desmotivación colectiva. La administración educativa asume costes elevados por sustituciones y bajas médicas, mientras que el sistema pierde capital humano especializado (STECyL-i. 2025).

En un plano más profundo, el malestar docente compromete la sostenibilidad del modelo educativo. La docencia comienza a percibirse como una profesión de alto riesgo emocional, lo que desincentiva nuevas vocaciones (Arques, 2024). Así, promover el bienestar del profesorado no es solo una medida sanitaria o ética, sino una estrategia de futuro para garantizar la continuidad y calidad del sistema educativo.

5. Estrategias y políticas para promover el bienestar docente

Superar el malestar profesional y prevenir el burnout exige un enfoque integral que actúe sobre las tres dimensiones del bienestar: personal, interpersonal e institucional. Como subraya la Organización Mundial de la Salud (OMS, 2025), la salud mental no consiste solo en la ausencia de enfermedad, sino en la presencia de recursos de afrontamiento, satisfacción vital y apoyo social. En el ámbito educativo, esto implica promover condiciones laborales dignas, fortalecer la cooperación entre docentes y desarrollar competencias emocionales que permitan gestionar el estrés de forma constructiva.

Las estrategias más eficaces para reducir el malestar docente son aquellas que combinan acciones individuales, medidas organizativas y políticas públicas coherentes. A continuación, se sintetizan las principales líneas de intervención identificadas en la literatura reciente.

5.1. Prevención institucional y liderazgo del bienestar

El bienestar docente comienza en las estructuras organizativas. Las administraciones educativas y los equipos directivos tienen la responsabilidad de garantizar entornos laborales saludables, con recursos suficientes y un clima emocional positivo. Según ANPE (2023, 2025) y Arques (2024) la seguridad y la salud del profesorado deben abordarse como un derecho laboral básico, mediante la evaluación y prevención de riesgos psicosociales y el reconocimiento de las enfermedades profesionales derivadas del estrés docente.

Entre las medidas institucionales prioritarias destacan:

  • Reducción de la carga burocrática. Simplificar los procedimientos administrativos y digitalizar tareas de forma racional, liberando tiempo para la docencia efectiva y la planificación pedagógica (Infocop, 2024).
  • Aumento de recursos humanos especializados. Incorporar orientadores, psicólogos escolares y personal de apoyo educativo (PAE) para atender tanto al alumnado como al profesorado (Infocop, 2024).
  • Reconocimiento y valoración profesional. Promover campañas institucionales que visibilicen la relevancia social de la docencia y programas de reconocimiento interno que refuercen la autoestima profesional (UMAS, 2025).
  • Promoción de la formación emocional y el liderazgo compartido. Favorecer la capacitación en habilidades socioemocionales, gestión de conflictos, comunicación empática y trabajo cooperativo (Hué García, 2012).
  • Conciliación y flexibilidad. Implementar medidas de equilibrio entre vida personal y laboral, con horarios adaptables y desconexión digital efectiva (STECyL-i, 2025).

El papel del liderazgo escolar es determinante. Noguera (2024) sostiene que los equipos directivos deben asumir un liderazgo humanizador, basado en la escucha activa, el reconocimiento y el acompañamiento emocional del profesorado. Cuando la dirección promueve la confianza y la participación, el clima institucional mejora y los niveles de estrés disminuyen significativamente (UMAS, 2025). De esta forma, el liderazgo deja de ser un ejercicio de control para convertirse en un espacio de cuidado y corresponsabilidad.

5.2. Estrategias organizativas en los centros educativos

Los centros escolares pueden convertirse en auténticos entornos de bienestar si incorporan la salud emocional del profesorado a su cultura institucional. Como señalan STECyL-i (2025) y Álvarez Sánchez et al. (2025), los equipos docentes que trabajan de forma colaborativa y disponen de espacios de diálogo y apoyo presentan menores índices de estrés y mayor cohesión.

Entre las medidas organizativas más eficaces destacan:

  • Creación de espacios de encuentro y apoyo docente. Establecer reuniones periódicas de reflexión emocional, grupos de apoyo entre iguales o cafés pedagógicos donde compartir experiencias y estrategias de autocuidado.
  • Fomento de la autonomía pedagógica. Permitir que el profesorado diseñe y adapte sus metodologías y evaluaciones sin excesiva rigidez burocrática, fortaleciendo así su sentido de control y competencia.
  • Participación activa en la toma de decisiones. Incluir a los docentes en el diseño de planes de centro, protocolos de convivencia o medidas de innovación, de modo que se sientan parte del proyecto educativo.
  • Creación de la figura del coordinador o referente de bienestar. Algunos centros han comenzado a implantar esta figura para impulsar iniciativas de salud mental, detectar señales de alerta y articular apoyos entre compañeros.
  • Protocolos de acompañamiento emocional. Incorporar planes de prevención del estrés y atención psicológica tanto para el alumnado como para el profesorado, en colaboración con los servicios de orientación.

Estas acciones contribuyen a configurar una cultura del cuidado institucional, donde hablar de bienestar no se percibe como un signo de debilidad, sino como una condición necesaria para el ejercicio profesional. Como advierte Hué García (2012), “los centros emocionalmente inteligentes son aquellos que cuidan tanto de sus estudiantes como de sus docentes”.

5.3. Estrategias de desarrollo personal y autocuidado

Si bien el bienestar no puede recaer exclusivamente en la responsabilidad individual, el profesorado necesita herramientas personales que le permitan gestionar sus emociones y preservar su equilibrio. La revisión de Agyapong et al. (2023) identifica dieciséis tipos de programas eficaces para reducir el estrés y el burnout en docentes, entre ellos:

  1. Mindfulness y atención plena, que favorecen la regulación emocional y la reducción del estrés fisiológico.
  2. Terapia cognitivo-conductual (TCC), orientada a modificar pensamientos automáticos y percepciones negativas del rol docente.
  3. Entrenamiento en inteligencia emocional, que fortalece la empatía, la autoconciencia y la resolución de conflictos.
  4. Relajación muscular progresiva y respiración consciente, técnicas que mejoran la concentración y reducen la ansiedad.
  5. Programas de apoyo entre iguales (peer support), que fomentan la pertenencia y la validación mutua dentro del claustro.

Estas prácticas favorecen el desarrollo de la resiliencia docente, entendida como la capacidad de sobreponerse a la adversidad y encontrar sentido en la experiencia educativa. Según Hué García (2012), la resiliencia no consiste en resistir pasivamente el malestar, sino en transformarlo en crecimiento profesional mediante el autoconocimiento y la cooperación.

5.4. Formación y acompañamiento psicoeducativo
La prevención del malestar debe comenzar en la formación inicial y continua del profesorado. Otero López et al. (2010) y González-Palacios et al. (2021) destacan que las competencias emocionales son tan necesarias como las didácticas o científicas para ejercer la profesión de manera sostenible.

Entre las medidas más relevantes se encuentran:

  • Incluir módulos sobre bienestar y autocuidado en los grados universitarios y másteres de formación del profesorado.
  • Desarrollar espacios de supervisión emocional en los centros, donde los docentes puedan reflexionar sobre su práctica con acompañamiento profesional.
  • Promover la mentoría entre docentes noveles y experimentados, para compartir experiencias, estrategias de afrontamiento y modelos de gestión emocional.

Estas acciones formativas no solo previenen el estrés, sino que fortalecen la identidad profesional y la conciencia colectiva del cuidado. El bienestar emocional debe entenderse como una competencia docente transversal, que incide directamente en la calidad educativa y en la convivencia escolar.

5.5. Dimensión ética y política del bienestar docente

Finalmente, cuidar la salud mental del profesorado implica asumir una responsabilidad ética y política. No basta con ofrecer talleres de relajación o campañas puntuales: es necesario transformar las estructuras laborales que generan malestar. Álvarez Sánchez et al. (2025) recuerdan que la salud del profesorado es un bien común y que las políticas educativas deben garantizar ratios adecuadas, estabilidad laboral y recursos suficientes.

El bienestar, por tanto, no es un asunto privado, sino un derecho colectivo y un indicador de calidad democrática. En palabras de Hué García (2012), “el bienestar docente es un proyecto compartido que requiere corresponsabilidad institucional”.

Solo un profesorado emocionalmente equilibrado puede acompañar al alumnado en su propio desarrollo integral. Promover su bienestar es invertir en sostenibilidad educativa, cohesión social y calidad pedagógica.

Conclusiones

El bienestar docente no es una aspiración complementaria ni un gesto de cortesía hacia quienes enseñan. Es una necesidad estructural del sistema educativo. Cuando el profesorado se encuentra emocionalmente equilibrado, reconocido y acompañado, la enseñanza gana profundidad, humanidad y sentido. Por el contrario, cuando la sobrecarga, la incertidumbre y la desmotivación se normalizan, el aula se resiente: la creatividad se apaga, la empatía se erosiona y la escuela pierde su capacidad transformadora.

Como recuerdan Hué García (2012) y Hernando López (2024), cuidar del profesorado no significa ofrecer paliativos ante el estrés, sino garantizar las condiciones que permitan su desarrollo integral. El bienestar docente implica sentirse parte de una comunidad, poder enseñar con libertad y vivir la profesión desde la plenitud, no desde la resistencia. De ahí que el bienestar no pueda concebirse como un asunto individual, sino como un compromiso compartido entre las personas, los centros y las administraciones.

La evidencia reciente muestra que los centros que priorizan la salud emocional de sus docentes registran menores índices de absentismo, mayor implicación pedagógica y climas de aula más positivos. Sin embargo, la mayoría de los programas de bienestar siguen siendo puntuales o dependientes de la voluntad del profesorado. Es preciso institucionalizar el cuidado, integrarlo en la gestión educativa y asumir que la sostenibilidad emocional del profesorado es tan importante como la sostenibilidad ecológica o económica de un país.

El reto no es menor: supone repensar la cultura escolar desde la empatía y la cooperación, donde la escucha y el apoyo sustituyan a la competitividad y la urgencia. Como expresaba el manifiesto del STECyL-i (2024), “la salud mental del profesorado es un pilar de la educación de calidad”. Cada reunión, cada horario, cada decisión organizativa puede contribuir —o restar— al bienestar colectivo.

Cuidar al profesorado es, en realidad, cuidar la esencia misma de la escuela. Porque no se puede educar desde el agotamiento ni enseñar desde la tristeza. La docencia, entendida en su sentido más noble, requiere equilibrio, serenidad y alegría compartida. Como recordaba Hué García (2012), “educar es acompañar la vida; y para acompañarla, hay que sentirse vivo”.

Hoy más que nunca, construir una educación de calidad pasa por crear comunidades educativas que aprendan a cuidar: a cuidar los vínculos, el tiempo, la motivación y, sobre todo, a quienes sostienen con su esfuerzo cotidiano la posibilidad de seguir creyendo en el poder de la enseñanza.

Referencias

Revistas

  • Agyapong, B., Brett-MacLean, P., Burback, L., Agyapong, V.I.O. y Wei, Y. (2023). Interventions to reduce stress and burnout among teachers: A scoping review. International Journal of Environmental Research and Public Health, 20(9), 5625. https://doi.org/10.3390/ijerph20095625
  • Caamaño-Vega, V. de la C., Castillo Orellana, K., Galleguillos Ríos, I. y Antiquera Orellana, P. (2025). Salud mental de docentes que enseñan en niveles de educación preescolar, primaria y secundaria: una revisión bibliográfica exploratoria. Summa Psicológica UST, 22(1), 28–43. Universidad Santo Tomás, La Serena (Chile).
  • González-Palacios, Y. L., Ceballos-Vásquez, P. A., y Rivera-Rojas, F. (2021). Carga mental en profesores y consecuencias en su salud: una revisión integrativa. Cadernos Brasileiros de Terapia Ocupacional, 29, e2808. https://doi.org/10.1590/2526-8910.ctoAR2123
  • Hué García, C. (2012). Bienestar docente y pensamiento emocional. Revista Fuentes, 12, 47-68.
  • Kariou, A., Koutsimani, P., Montgomery, A., y Lainidi, O. (2021). Emotional labor and burnout among teachers: A systematic review. International Journal of Environmental Research and Public Health, 18(23), 12760. https://doi.org/10.3390/ijerph182312760
  • Otero López, J. M., Castro Bolaño, C., Santiago Mariño, M. J., y Villadefrancos Pol, E. (2010). Exploring stress, burnout and job dissatisfaction in secondary school teachers. International Journal of Psychology and Psychological Therapy, 10(1), 107-123.
  • Yilmaz, K., Altinkurt, Y., Guner, M., y Sen, B. (2015). The relationship between teachers’ emotional labor and burnout level. Eurasian Journal of Educational Research, (15)59, 75-90.

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